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viernes, 16 de septiembre de 2011

NOVELA EN LÍNEA PARTE 10

EL REENCUENTRO PARTE 10
…Eduardo se puso muy contento al saber que nos íbamos y se comprometió a buscarnos una vivienda, con la ayuda de don Esteban. Poco después me mandó decir que habían encontrado una, en la calle da atrás de Santa Rosa Viterbo, cosa que me alegró, porque era una Iglesia que me gustaba mucho.
En medio de los preparativos para la mudanza, fuimos a despedirnos de Lolita, y cuando estuvimos frente a la fachada de la casa, viendo el hermoso balaustre de sus ventanas, Lupita me dijo que cuando se casara, le iba a decir a su esposo que tenía que darle una casa igual.
Yo me sentí culpable por no haber sabido darles a mis hijos la menor comodidad, sentimiento que me duró toda la vida.
Con esa angustia, la despedida de mi hermana y sus hijos me resultó muy, muy dolorosa.
Pese a los consejos de Lolita de que dejara el luto, que ese hombre no merecía ningún dolor, ni siquiera una lágrima, aunque yo pensaba igual, porque hacía mucho que había dejado de quererlo y ni siquiera me dolió su muerte,  ya tenía decidido vestir luto de viuda para siempre.
Al salir de la casa, no pude contener el llanto, pensando en que nuevamente me estaba alejando de mi familia, de quienes realmente se consideraban MI FAMILIA.
El domingo siguiente fuimos a despedirnos de Amalita y Aurorita.
Al llegar, Lupita le preguntó a sus tías si iría Lucha y se puso feliz al saber que sí vería a su prima y en cuanto llegó, las dos hicieron su mundo aparte.
Me enteré entonces de que Sarita, la hija menor de Amalia, se había casado con un muchacho seis años menor que ella; tenían dos hijos jovencitos, pero ante el rechazo de su familia, se había retirado totalmente. Lo que sí sabían era que estaban muy pobres.
Tenía curiosidad y le pregunté a mi hermana que si seguía con la devoción del Rosario a San Antonio, pero ella, furibunda, me contestó que se había retirado totalmente de la religión desde el fracaso de su matrimonio, porque le parecía absurdo que Dios la hubiera castigado tan duramente, antes de que ella cometiera cualquier pecado; me dijo además, que no se explicaba mi actitud de “viuda”, cuando debía estar feliz de haberme deshecho de un zángano miserable.
Sus palabras me dolieron.
Cambié la conversación y, en cuanto fue posible, nos despedimos, dándoles la dirección en Querétaro.
¡Cuánto había endurecido a mi hermana la injusticia de su marido! ¡Cómo había cambiado aquella muchachita alegre y cariñosa que cantaba todo el día y casi adivinaba lo que los demás necesitaban, cumpliendo de inmediato lo que se le pedía!
Esa rebeldía suya, yo la había presentido en algún momento.
No pude llorar hasta que estuve en mi cama y había comprobado que mis hijos dormían.
De regreso a casa, durante todo el camino, Lupita no dejó de hablar de Lucha: habían intercambiado sus direcciones y prometido que se iban a escribir cada semana para contarse todo, todo lo que hicieran. Estuvo parlanchina como nunca y a mí me dio gusto su alegría. Me prometí que haría todo lo posible para fomentar esa amistad, sin importarme lo que pudiera pensar Tilo.
Pasados unos días, supe que no volvería a vender en la puerta de las iglesias ni en el mercado, porque en la tienda de doña Chelo, nuestras prendas se empezaron a vender a mejores precios y las señoras sabían apreciar nuestro trabajo; pronto metimos también los bordados de Lupita. Con eso y el peso que cada decena recibía de Eduardo, nuestra situación había mejorado y cuando empezaron las clases, inscribí a mis dos pequeños.
Gerardo tenía siete años cumplidos y la directora de la escuela lo inscribió en 2º año, porque su hermana mayor le había enseñado las letras; Conchita, con sus cinco añitos y meses, iría al Jardín de Niños.
Le dije a Lupita que ella también fuera a la escuela, pero dijo que le daba vergüenza ir, tan grande, a 3er año, aunque sólo iba a cumplir once años. Argumentó, además, que tenía que arreglar la casa, lavar la ropa y hacer la comida, aparte de seguir bordando carpetas, fundas, o lo que le pidieran.
Era verdad, ahora ella era el ama de casa, porque yo había empezado a ayudar a doña Chelo en el negocio.
Las ventas habían aumentado al meter los bordados de mi hija; yo, aparte de mis tejidos de crochet, hacía a mano sabanitas para cuna y camisitas para bebé, adornadas con encajitos, entredós y rositas de rococó, que gustaban mucho.
Chelo me había pedido que fuera a ayudarla, porque era sola y, aunque era de mediana edad, se cansaba fácilmente porque tenía un soplo en el corazón.
Su vida tampoco había sido fácil: de familia acomodada de Querétaro, se había casado a los 16 años y había tenido tres hijos, dos hombres y una niña que se le había muerto a los cuatro años, sin que supieran de qué, porque lo único que decía era que le dolía el estómago y que al tocarla, se le sentía muy duro, pero el doctor no supo decirles qué tenía y sufrió mucho en una larga agonía. Los dos varones, cuando crecieron, se casaron, hicieron su vida y se fueron, uno a California y el otro a Cuba para pelear contra los Estados Unidos. De ninguno de los dos volvió a saber nada. En cuanto a su marido, había sido un buen hombre que por herencia y su trabajo, hizo suficiente dinero que le permitió comprarle una buena casa; pero como carecía de carácter, cuando se fueron los hijos, por la pena, dejó de trabajar y se fue muriendo poco a poco, hasta que lo enterró, hacía cinco años. Después vendió la casa que estaba en el Centro, a una calle de la Casa de la Corregidora, y con eso compró la casita que ocupaba ahora y en la que había puesto el negocio que, aunque poco, le daba para sobrevivir. A pesar de todo, había conservado algunas amistades de la época de sus padres y de vez en cuando se veían.
Estaba más sola que yo.
El día que nos invitó a comer, quedé maravillada porque me hizo recordar las comidas de Mamá Merche: vajilla azul de porcelana, copas de cristal cortado, cubertería de plata, para servirnos una entrada de frutas, comida de tres tiempos, postre, té, y un digestivo ligero.
No cabía duda de que era una gran dama.
No permitió que le ayudáramos en nada, arguyendo que éramos sus invitados.
Su acogida fue magnífica para toda la familia y, poco a poco, fuimos intimando, hasta sentirla dentro de nuestro núcleo familiar.

A Lupita parecían no importarle las obligaciones que yo, inconsciente, había echado sobre sus hombros, pues ahora también ayudaba a sus hermanos con las tareas de la escuela, y cuando regresábamos del Rosario, me leía las noticias del “Imparcial”, cuando yo lo compraba. Estaba contenta, sobre todo cuando recibía carta de Lucha, a la que respondía en seguida.
En una de sus cartas, su prima le mandó una nueva dirección, porque iba a estar un tiempo en la casa de su tía Concha, hermana de su padre, que se había roto la cadera, y como tenía una pequeña casa de huéspedes, le había pedido a Tilo que le prestara unos días a Lucha, para que vigilara a las criadas.
Nuestra vida era tranquila; como a Eduardo lo estaban preparando para maquinista, sus ausencias eran más prolongadas porque lo llevaban a diferentes corridas, ya fuera a la Ciudad de México o a Durango, pero en cuanto él llegaba, Lupe se iba con Chelo, sin decirle a ella por qué. Así pasó algún tiempo.
Ahora mis hijos tenían trece, nueve y siete años. Lupita seguía siendo la niña dócil y trabajadora de siempre y Gerardo era un niño muy estudioso, al que le gustaba mucho la música y cantaba todo el tiempo. Conchita, en cambio, era voluntariosa y agresiva, principalmente con Gerardo, que la mimaba y consentía siempre.
Un día, pese a sus protestas, le dije a Conchita que tenía que hacer salsa en el molcajete, para que ayudara un poco a su hermana. Yo sabía que le costaría mucho trabajo, pero era necesario hacerla entender, pese a su edad, que debía ayudar en la casa; llegó Eduardo sorpresivamente y de inmediato se quitó la fajilla para golpear a Lupita, pero se le escabulló, y entonces se volteó a Conchita, pero ella le gritó:
-      Si me pegas, te pego en la cabeza con el tejolote (la mano de piedra que sirve para moler en el molcajete).
Lo dijo con tal fuerza, que sus tres hermanos se sorprendieron y eso dio tiempo para que Lupita fuera a avisarme que había llegado Eduardo. Fue suficiente para que mi hijo mayor no intentara jamás, golpear a su hermanita. Sin embargo, persistió en su manía de hacerlo con Lupe.
Al poco tiempo, Eduardo fue ascendido a maquinista, y pareció que su mal carácter se había suavizado; a veces hasta platicaba algo de lo que había visto en sus viajes. Los pequeños se sentaban cerca de él y le preguntaban alguna cosa, pero Lupita se mantenía apartada sin dirigirle la mirada ni la palabra, metida en su costura, pero sentada cerca de la puerta.
En eso llegó una sorprendente carta de Lucha:
La tía Concha había tenido que ser internada en el hospital, pero aunque la habían operado, no se recuperaba y los médicos temían lo peor, por lo que Lucha despidió a  las criadas y regresó a su casa. Los tres huéspedes que quedaban ya habían encontrado alojamiento, pero uno de ellos, un señor llamado Julio Perié, francés, viudo y rico, hacía tres días se había presentado en la casa de Tilo para pedirle la mano de Lucha, la cual se había quedado atontada por la  sorpresa, pues en la casa de la tía, no habían cruzado ni una palabra, por lo que era evidente que había sabido todo de ella a través de Concha.
Cuando Tilo le preguntó a su hija si aceptaba casarse con el señor, sin pensarlo siquiera, ella dijo que sí, aunque sólo iba a cumplir 17 años y el pretendiente tenía 70. Él había señalado como plazo tres meses, por lo que ya se estaban llevando a cabo las amonestaciones.
La boda sería en la elegante Iglesia de La Sagrada Familia y, como no tenían casa grande, el banquete se serviría en el restaurante del Club Hípico, al que pertenecía el novio.
Lucha le pedía a Lupe que no dejara de ir a su boda; ya el señor le había dicho que él correría con todos los gastos, no debíamos preocuparnos por lo necesario, como vestido, zapatos, bolso y pasaje.
Yo dije que, si iba, sería por nuestros propios medios, porque sospeché que Tilo había visto un buen negocio en esa boda, si no estaba tomando en cuenta la diferencia de edades y no le importaba sacrificar a su hija casándola con un viejo.
Habría de pasar mucho tiempo, para que yo cambiara de parecer.
Lo primero que tuvimos que comprarle a Lupe fueron un corset que empezaría a usar, pese a que era pequeña, pero tenía una buena estatura que, ya arreglada, la haría parecer más grande, y sus primeros botines de tacón, cosas, ambas, que usaría todos los días, hasta muy entrada en años.
Con Chelo, empezamos a buscar un modelo juvenil para mandarlo hacer con una modista, una vez que hubiéramos decidido el tipo de tela conveniente, pero los modelos que teníamos, eran impropios para una jovencita.
En esos días, sin avisar, llegó Eduardo con un joven al que nos presentó como Enrique, su primo, hijo de su tía Tilo. Era un joven alto, moreno, que se veía más grande que mi hijo, quizá porque usaba bigote y el cual, viéndolo bien, tenía un gran parecido con su padre. Se habían conocido casualmente en la estación de Durango, y Enrique le había dicho que era idéntico a su tío Gerardo Mondragón y así se identificaron.
Lo había comentado con Lucha, su hermana, y ahora ella le había pedido que nos llevara una seda azul y unas zapatillas con traba y tacón, del mismo color que la tela, igual que un pequeño bolso del que colgaba el carnet de baile, así como un figurín con muchos modelos de dónde elegir, todo comprado en “El Palacio de Hierro” por el propio señor Perié, porque él quería que su prometida estuviera contenta, de modo que no podíamos rechazarlo.
Estos argumentos me desarmaron, porque mi primera intención fue no aceptar las dádivas de ese señor al que ni siquiera conocíamos, pensando además en el disgusto que todo ello significaría para Tilo, pero, a regañadientes, acepté, al ver la angustia de Lupita, quien se había mostrado fascinada.
Atendimos a Enrique esmerándonos y él dijo haber estado encantado de conocernos, prometiendo volver a visitarnos.
Como mi correspondencia con Lolita había sido continua, le escribí pidiéndole que recibiera a Lupita en su casa y ella misma la llevara a la boda, para que su tía Tilo no fuera a hacerle algún desaire. Me contestó que irían a la estación por mi hija, en cuanto supieran cuándo llegaba y que me despreocupara, que la niña podía quedarse el tiempo que quisiera y que ella se haría cargo de todo, como si se tratara de una de sus hijas.
Ya tranquila, me dediqué a preparar el viaje de Lupita. Compramos una maleta de cartón en la que cupiera todo lo de la boda, así como dos o tres vestiditos para los otros días y, como la invitación señalaba el día 12 de mayo de 1909, ella se fue el día 7.
Para mí fue muy dolorosa esa primera separación de mi hija.
Después de la boda me escribió, haciéndome una reseña completa de la boda: que Lucha estaba preciosa vestida de novia, que el señor Perié, a pesar de que era ya grande, era guapísimo, con unos ojos muy grandes y pestañas enormes, que la Misa fue preciosa y el Fervorín del Padre hizo llorar a todos y luego, la fiesta a la que llegó un representante del Señor Presidente Don Porfirio Días, en la que sirvieron una comida riquísima y había orquesta y habían bailado mucho. Ella también. Que todo terminó tardísimo, no sabía a qué hora, pero mucho después de las once.
Que su tía Tilo se había mostrado muy cariñosa, diciéndole  que fuera a visitarlas cuantas veces quisiera.
Al día siguiente los novios partieron en ferrocarril al puerto de Veracruz, pues aunque el señor quería ir a Europa, no tenía tiempo, porque lo habían contratado como organizador de varios eventos culturales como ópera, teatro, veladas literarias, para las fiestas del Centenario.

Muchos años después, supe que fue en el puerto donde Lucha se percató de la diferencia de edades, pues una tarde que el Sr. se quedó a escribir en el cuarto del hotel, le dijo a su esposa que bajara al malecón y que él la alcanzaría en unos minutos. Casi en seguida, se le acercó un joven muy cortés y le dijo que la había visto al llegar a la estación y luego en el hotel; que sus intenciones eran serias y que si ella lo autorizaba, hablaría de inmediato con su abuelito.
Cuando Lucha le dijo:
-      Está usted muy equivocado, caballero. El señor que me acompaña no es mi abuelito, es mi esposo.
El pobre hombre se deshizo en disculpas y suplicando mil perdones, desapareció.
Cuando llegó su esposo, la encontró de un muy mal humor, para él inexplicable.

Como Lucha le había dicho a Lupe que la esperara hasta su regreso a la Capital, me pidió permiso para quedarse con Lolita unos días más, que acabaron prolongándose por más de un mes, por lo que me vi abrumada por atender la casa, a los niños y cumplir un poco mi compromiso con Chelo.
Cuando por fin regresó, era otra: traía puesto su corset. Vestida con un traje azul claro de falda larga, no a media pierna como correspondía a su edad, botines de tacón y su bolso de mano. Además, se había deshecho de su maleta de cartón y traía una muy elegante de mimbre; en fin, mi niña se había quedado en la Capital y había llegado una señorita emperifollada que me resultaba desconocida y me intimidaba.
Sé que le costó mucho readaptarse a nuestra forma de vida, pues no había día que no hablara de las cosas de que carecíamos, presionándome para que fuéramos comprando lo necesario para mejorar nuestra casa y aún nuestra comida.
Para lograr algo de eso, se esforzó en mejorar sus bordados, y eran tan finos, que yo dejé la hilaza fina y empecé a usar el hilo de seda para las puntas de sus toallas, fundas y carpetas.
La clientela de Chelo supo valorar estas prendas preciosas y, poco a poco, pudimos cumplir algunos de sus deseos.
Pasamos la cama de Eduardo, que ya venía muy poco, a la pieza del fondo, y, en abonos, compramos un silloncito de bejuco para dos personas y cuatro sillas también de bejuco, que pusimos en el lugar que ocupara la cama. Del otro lado quedaron nuestra mesa y las sillas que teníamos, pero que pintamos entre todos, así como la puerta de la entrada y las tablas del baño, todo del mismo color caoba. Entre Lupe y Gerardo, con mi supuesta supervisión, levantaron un murito para la cocina y consiguieron tablas y varas para hacer mejor el gallinero, que ahora tenía tres gallinas ponedoras y un gallo, permitiéndonos comer huevo casi todos los días.
Fue pasando el tiempo, en el que Lupe se volvió muy exigente con sus hermanos para que cambiaran su comportamiento y adquirieran mejores modales, aunque yo los había educado siguiendo las reglas que había recibido en mi casa, con mis padres y hermanas, pero ahora ella había estado con los parientes que alternaban con gente de la alta sociedad mexicana, y se estaba preparando para, algún día, pertenecer a esa misma clase.
No aceptaba nuestra realidad y soñaba con carruajes de dos o tres caballos que estuvieran esperándola a las puertas de una gran mansión que sería, naturalmente, lujosísima, con enormes cortinajes de terciopelo y salones enormes en los que ofreceríamos suntuosas recepciones a las que asistirían el mismísimo Presidente Don Porfirio, con su esposa Doña Carmelita.
Yo sufría muchísimo, pues sabía que sus ambiciones se habían disparado a un plano irrealizable y que eso le estaba causando un gran dolor, pero nada podía hacer para evitarlo.
Entre tanto, en la calle, sobre todo a la salida de Misa o del Rosario, se veían grupitos de gente que hacía comentarios sobre la plebe que, en diversas partes del país, estaban armando camorras, aunque no había nada claro y eso estaba lejísimos, en el norte, así que aquí en Querétaro, no teníamos de qué preocuparnos, así lo decía la hoja semanal.
 El Imparcial hacía algún comentario, diciendo que en Sonora, había un conjunto de no más de diez desharrapados que pretendieron meterse con la gente decente, pero ya los habían arrestado.

Lucha había dado a luz una niña, Luz Eugenia, y quería que Lupita fuera a conocerla, pero estábamos tan ocupadas, que ni ella misma insistió demasiado en hacer el viaje; además, el tema principal en todas las conversaciones, era sobre los festejos del Centenario y Chelo nos había prometido tratar de conseguir, por medio de sus amistades, una invitación para algún evento en la Casa de la Corregidora.
Sorpresivamente le llegó a Chelo una invitación para  la Recepción y Baile que se verificarían el día 15 de septiembre en el Palacio de Gobierno, en la Casa de la Corregidora.
Pensamos que era una invitación personal, de modo que cuando nos dijo que ese tipo de invitaciones eran familiares y que nosotros éramos su única familia, no pudimos contener los gritos de alegría y nos propusimos esforzarnos al máximo para poder asistir.
Empezó un trajín enorme porque tuve que hacer un trajecito para Gerardo, un vestido para Conchita y otro para mí, aunque yo no era muy competente en confecciones, pero la ropa de mis hijos siempre la había hecho y no podía pagar una modista. Lupita llevaría el vestido de la boda de Lucha.
Chelo me ayudó con los gastos y todo estuvo dispuesto para el gran día.
-      Y es ahí donde aparezco.
-      Efectivamente, Miguel, fue allí en donde usted se apareció para formar parte de nuestras vidas.

-      Sí Conchita, yo había sido enviado como Revisor de Correos, por lo que se consideraba que tenía una representación importante, cosa que no era verdad, pero como huésped de Querétaro, fui invitado al Palacio de Gobierno, sin imaginar que hallaría mi destino.

-      Al pedirme autorización para poner su nombre para todos los bailes, en el carnet de Lupita, agradecí su atención, aunque me pareció que se precipitaba, sin haber bailado antes con ella, sin embargo, acepté. Yo también tuve oportunidad, como Chelo, de bailar con algunos de los caballeros, de modo que todos disfrutamos mucho, inclusive los niños, que al principio estaban asustados y no se separaban de mí, pero viendo a otros niños jugar y corretear por pasillos y escaleras, pronto fueron a jugar con ellos.

-      Yo nunca había tenido oportunidad de estar en una ceremonia del 15 de Septiembre, por lo que para mí fue muy impactante la solemnidad con que el representante del Presidente Porfirio Díaz, dio su mensaje, e hizo tañer la campana, pero por lo que bendije al cielo, fue por haber encontrado a Lupina.

-      Recuerdo que el día 16, a las cuatro de la tarde, usted se presentó, en nuestra casa, como lo había prometido la víspera, para hablar sobre sus pretensiones con mi hija.

-      Yo tenía que explicarle que estaba de paso por Querétaro, pero que mis intenciones eran serias, con fines matrimoniales, aunque de momento no podía fijar una fecha exacta, porque mi sueldo era reducido, pero que en unos días iría con mi madre y que las visitaría tan frecuentemente como pudiera, pero manteniendo correspondencia con Lupina.

En ese momento, no pude hablarle de quién era yo, pero ahora puedo decirle que mi madre, Remedios Pérez Turrent, a quien usted conoció, fue heredera de una gran fortuna, que desgraciada o afortunadamente, nunca llegó a sus manos…
…CONTINUARÁ                
MAESTRA LAURA MARTHA CHÁVEZ CARRIÓN.


domingo, 11 de septiembre de 2011

LUMIERE SEPT 2011 LOS POLIVOCES

LOS POLIVOCES.
Los Polivoces fue un equipo muy famoso e icónico de la comedia mexicana durante la década de los años 70. Estaba compuesto por Enrique Cuenca Márquez (nacido en Ciudad de México el 2 de octubre de 1940 y fallecido el 29 de diciembre de 2000) y Eduardo Manzano (nacido el 18 de julio de 1938 en Ciudad de México). Además de sus labores en escena Cuenca, en colaboración con el guionista Mauricio Kleiff (1931-2010) escribió la mayor parte del material clásico de Los Polivoces, mientras que Manzano se ocupaba del area administrativa.
Su nombre refleja una de las cualidades características de los comediantes, la cual era la de crear diversos personajes e imitar celebridades (prefijo griego poli=muchas / voces).
Manzano, ingeniero de carrera conoció a Cuenca en 1959 en un concurso para imitadores del canal 4. La pareja de artistas incursionó en el cine y la televisión, filmando 19 películas así como un programa televisivo continuo en cadena nacional de 1970 a 1976. Parte de su obra fue grabada en blanco y negro y el resto fue presentada a color. Tras la disolución del equipo en los años 70, ambos miembros continuaron su carrera por separado.Enrique Cuenca creo su propio programa titulado Enrique el polivoz. Por su parte Eduardo Manzano realizó de 1976 a 1981 El show de Eduardo II(donde descubrió a Luis de Alba). Tras realizar durante un año la emisión "La vida en risa" poco se supo de él, en el 2004, actuó en el film Club Eutanasia, y actúa como el abuelo Don Arnoldo en la exitosa serie Una familia de 10.
Entre los personajes creados en mancuerna fueron: Dueto los polivoces
  • El Policía y varios convictos ("La policía siempre en Vigilia")
  • Chano y Chon.
  • Don Laureano y Doña Paz
  • Los Hermanos Lelos
  • Mostachón y el Wash & Wear
  • Andobas y Don Teofilíto
  • Agallón Mafafas y Juan Garrison
  • Gordolfo Gelatino y su mamá doña Naborita Gelatino
  • Kid Descontón/El Zopilote Vengador y don Chupe
  • El Maistro y el Saltamontes
  • Acelerino y su papá Paciflorino
  • El Puas y El Molacho
  • Don Toque y El Kilowattito (este último despues seria renombrado Nico Am-Pérez)
  • Ignacia Trelles "La Nacha"
  • Armandaro
  • Sr. Vallito
En el show de Eduardo Manzano
  • El Calavera
  • EL Tiviri Tavara
  • Capirucho
  • Jacobo Zabludovsky
  • El Chachalaco
  • El Xocoyote
  • Armandaro Valle de Bravo
  • El Profesor Chiflagoras
  • Agustín Varios-Rones (Agustín Barrios Gómez)
  • El 24
En el show de Enrique Cuenca
  • Jenruchito
  • Paco Eco
  • Don Margarito Che Che
  • Monseur Pier Cardán
  • Juan Jose Carreola
  • Don Max
  • Don Laureano y Doña Lencha interpretado por Lucila Mariscal
  • El Mostachon y la Water Proof interpretado por Lucila Mariscal
  • Don Dorian
  • Fasolasi
  • B. Muino
  • Juan Garrison
  • Pedro Ferriz de "Un mundo nos vigila"
Entre su filmografía se encuentra:
  • ¡Ahí madre!
  • Entre Pobretones y Ricachones
  • El Aviso Inoportuno
  • Somos del otro Laredo
  • ¡Hijazo de Mi Vidaza!
  • ¡Entre paisanos te veas!

miércoles, 7 de septiembre de 2011

PERSONAJE DEL MES GILBERTO BOSQUES


      LAS VISAS DE GILBERTO BOSQUES

Gracias a la película ‘La Lista de Schindler’ de Steven Spielberg hemos conocido las acciones riesgosas realizadas por Oskar Schindler para salvar a unos 1200 judíos del holocausto nazi.
Sin embargo pocos hemos oído hablar de la labor del mexicano Gilberto Bosques para salvar la vida de más de 40 mil personas durante la ocupación nazi en Europa.
Gilberto Bosques Saldivar fue el Cónsul General de México en Francia de 1939 a 1944, quien respondiendo al llamado de su propia conciencia, ayudó desde su posición diplomática a huir de los regímenes franquista y nazi a refugiados españoles republicanos, judíos franceses, libaneses, socialistas, comunistas y otros perseguidos, entre ellos líderes políticos europeos de oposición y miembros de la resistencia antifascista, quienes habían sido señalados para ser enviados a los centros de concentración, ofreciéndoles a todos ellos residencia y nacionalidad mexicana.
Cuando París estaba a punto de ser tomada por los alemanes, Bosques sale de la ciudad y tras varios viajes decide asentar el consulado en Marsella, el puerto de la zona del Gobierno francés de Vichy, nominalmente independiente de los alemanes.
Su primera preocupación fue defender a los mexicanos residentes en la Francia no ocupada, pero al conocer las atrocidades de la persecución nazi protegió también a otros grupos. Apoyó a libaneses con pasaporte mexicano y a refugiados españoles que buscaban huir de los nazis. De hecho, se cree que fue él quien convenció al presidente Lázaro Cárdenas de abrir las puertas de México a los republicanos españoles. Era tan grande la afluencia de refugiados que buscaban una visa mexicana que Bosques alquiló dos castillos (el de Reynarde y el de Montgrand) para convertirlos en centros de asilo mientras se arreglaba su salida hacia México. Entre 800 u 850 fueron alojados en uno de los castillos, mientras que en el otro se albergaron 500 niños y mujeres.
Adicionalmente, rentó varios barcos que salieron del puerto de Marsella transportando Judíos y otros perseguidos hacia países Africanos donde más tarde fueron trasladados a México, Brasil, Argentina y otros países de América. En un periodo de dos años, bajo su auspicio, poco más de 40,000 visas fueron expedidas para quienes deseaban huir de la tiranía nazi.
Al concedérseles visas mexicanas, las autoridades francesas los dejaban salir del país porque consideraban que ya no serían un problema político para ellas. Más complicado fue el caso de los judíos. El consulado ocultó, documentó y les dio visas a numerosos judíos, pero era mucho más difícil sacarlos de Francia.
Desde Marsella el embajador mexicano también tuvo que hacer frente al hostigamiento de las autoridades pro alemanas francesas, al espionaje de la Gestapo, del gobierno de Franco y de la representación diplomática japonesa, que tenía sus oficinas en el mismo edificio de la delegación mexicana.
Finalmente México rompió las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy. Gilberto Bosques presentó la nota de ruptura. Poco después el consulado fue tomado por asalto por tropas de la Gestapo alemana, que confiscaron ilegalmente el dinero que la oficina mantenía para su operación. Bosques, su familia (su esposa María Luisa Manjarrez y sus tres hijos: Laura María, María Teresa y Gilberto Froylán; entonces de 17, 16 y 14 años, respectivamente)y el personal del consulado, 43 personas en total, fueron trasladados hasta la comunidad de Amélie-les-Bains. Después, violando las normas diplomáticas, se les llevó a Alemania, al pueblo Bad Godesberg, y se les recluyó en un “hotel prisión”.
Bosques fue finalmente liberado y regresó a México en abril de 1944. Miles de refugiados españoles y judíos lo esperaban en la estación de ferrocarril de la capital para recibirlo. Su júbilo zumbaba en el andén de la estación ferroviaria. Lo cargaron en hombros. Era al México generoso y libre al que ellos exaltaban en Gilberto Bosques, el más sobresaliente ejemplo del característico espíritu de la solidaridad de los mexicanos.
Una de sus más grandes lecciones de vida es que aunque resulte difícil, no es imposible mantener la decencia de uno frente a la maldad moral. Pues al ayudar a otra persona quien en tu comunidad, tu sociedad o tu nación se ha convertido en un paria, un rechazado, y sabiendo que al hacerlo puedes ganarte el desprecio, el escarnio, e incluso el poner en riesgo tu vida, es tomar una posición moral de valor incalculable, que puede alterar y dar un rayo de luz y un viento de esperanza en medio de lo que parezca un reinado de terror omnipotente.
El 4 de junio de 2003 el gobierno austriaco impuso a una de sus calles, en el Distrito 22 de Viena, el nombre Paseo Gilberto Bosques.
Los pocos que conocen la historia de Gilberto Bosques suelen llamarlo "El Schindler Mexicano". Y así como Schindler tuvo su lista de trabajadores judíos protegidos, Bosques tuvo sus visas a la libertad: Las Visas de Bosques.

Gracias  por  aportación a:
TONY MINO.

viernes, 2 de septiembre de 2011

EDITORIAL SEPTIEMBRE 2011

EDITORIAL SEPTIEMBRE 2011
Bienvenidos en este mes patrio a esta revista en línea.
De nuevo, agradecemos sus comentarios en redes sociales, correos y demás medios para estar en contacto con nosotros.
No podemos dejar a un lado en este mes patrio para nosotros los mexicanos, el tema de inseguridad, violencia e injusticia que vivimos en este país. Lo que llegamos percibir como un medio más para difundir el arte en todos sus ángulos, es que debido a todos los sucesos vividos y los que todavía sufriremos, esperamos en esta revista que no seamos etiquetados como un país violento y sin cultura.


Es por esto que en este espacio, dedicaremos todo el mes a la cultura mexicana en todos sus ámbitos, colores y sabores.
Como nosotros nos dedicamos al arte, tenemos la firme convicción de que México es un país rico en esta materia también.
Les dejamos la invitación abierta a todas las personas de cualquier parte del mundo a unirse como Colaboradores a esta revista. 
Sus aportaciones son bienvenidas siempre.
Gracias por continuar con nosotros.


RENATO MOYSSÉN
DIRECTOR.

lunes, 22 de agosto de 2011

NOVELA EN LÍNEA PARTE 9


EL REENCUENTRO PARTE 9

Lolita y yo habíamos continuado escribiéndonos, aunque no frecuentemente; yo sabía que se habían mudado de la casa de Tacubaya, a una casa más grande en la nueva y elegante colonia Roma, en la calle de Zacatecas, pues sus hijos habían logrado buenos puestos, sobre todo, Félix, el mayor, ya empezaba a participar en la construcción de un puente y Ángel acababa de entrar a formar parte de un despacho de abogados, así es que su situación ya era mejor y me invitó para que fuéramos a comer a su casa el siguiente domingo.
Nos atendieron espléndidamente; mis sobrinos, como siempre, fueron muy cariñosos con mis tres niños, coincidiendo en que con Conchita, por sus cabellos dorados y sus ojos verdes, había vuelto a nacer  “La Gringa”, y mi hermana, dulcísima conmigo, me dijo que contara con ella siempre, mientras le daba a cada uno de mis hijos, un peso de plata.
Al salir, Lupina me preguntó por qué nosotros no teníamos una casota igual y por qué ellos comían cosas tan ricas. No tuve corazón para decirle que nosotros éramos muy pobres.
En esa visita supe que las tres hijas de Lolita estaban comprometidas y que pronto iban a casarse. También supe que Amalita había casado a sus dos hijas y Aurorita la mayor, quien se había casado con un hombre amigo de su padre y de la misma edad, había enviudado pronto, sin tener hijos y que poco después, el señor Marmolejo, que se había enriquecido enormemente, al grado de tener una gran fortuna en Centenarios que llenaban un enorme cajón de su cómoda, había muerto repentinamente. Se le había velado en la sala de su casa y lo habían sepultado en el Tepeyac, pero al volver del entierro, se dieron cuenta de que se habían llevado el cajón de la cómoda, dejando a Amalita casi en la miseria. Le había dicho a Lolita que quería verme.
También tuve noticias de Tilo. Eduardo, su marido, había fallecido recientemente  en el descarrilamiento del ferrocarril de Durango; tenía cinco hijos: Enrique, un año mayor que mi Eduardo, que estudiaba para ingeniero, pero que ya estaba trabajando en los ferrocarriles, porque al morir su padre, tenía derecho a una plaza. Lucha, que debía tener cuatro o cinco años más que mi Lupita, Tilito chica, de diez años, Guillermo, de siete, que había nacido con un defecto en una mano, pues al parecer no se le habían desarrollado bien los dedos, por lo que no dejaban que mucha gente lo viera y, por último, Lucrecia, una morenita muy bonita, de cinco. El rencor de Tilo seguía vivo.
En cuanto pude, llevé a mis hijos a conocer a su tía Amalita: nos recibió cordial, pero secamente. Estaba terriblemente delgada, vestida de luto riguroso que, según me dijo, llevaba desde el día que supo que su matrimonio se había acabado, por deseo expreso de su esposo. Ya ni siquiera recordaba cuántos años hacía de eso, pero ella, que acaso habría llegado a los 45 años, actuaba como si tuviera 50 o 60.
Su hija Aurorita era ya una mujer de 25 o 26, con una gran distinción y arrogancia heredadas de su madre. Aunque también era viuda, al menos vestía de azul pizarra y me explicó que su difunto esposo le había dejado una casa sola que ya había vendido, y una vecindad de ocho viviendas, de cuyas rentas vivían las dos.
Nos sirvieron una rica comida y cuando Aurorita nos iba a servir el té limón, llegó una jovencita; era Lucha, la hija de Tilo, a la que había llevado el cochero y esperaría a que su hermano mayor fuera por ella, quien se asombró mucho cuando nos presentaron, pues ignoraba que su madre tuviera otra hermana.
Desde el primer momento, Lupe y ella simpatizaron  a pesar de que mi hija apenas iba a cumplir 10 años y ella ya tenía 14  y, con el tiempo, llegarían a ser inseparables.
Yo acorté la visita para evitar que esa niña me hiciera alguna pregunta, pero al despedirnos, como si tuviera un sexto sentido, le dijo a Lupita:
-          A ver si dentro de dos semanas vienen a ver a mi tía, porque yo siempre vengo cada dos domingos.
Quedamos en ello y todos nos despedimos cariñosamente.
Cuando Lupita me preguntó algo, hice como que no había oído y le dije:
-          Tendremos que venir a verlas, porque me preocupa que a Amalita le duelan tánto las piernas.- y sobre eso y cómo habían visto a su familia, desvié cualquier pregunta de mi hija. Lo que sí me dijo fue que quería volver a ver a Lucha.
Ahora que Eduardo estaba en Querétaro, nuestra vida era tranquila, pese a nuestras consabidas carencias.
Sólo volvió a alterarse cuando llegó mi hijo mayor, porque como ahora usaba sobre el overol una fajilla, de inmediato se la quitó y con ella golpeó nuevamente a su hermana. La primera vez que lo hizo, nos tomó a todos por sorpresa, por lo que ella no pudo meter las manos y recibió un fajillazo en la cara y varios en los brazos antes de que yo lograra colgarme de la fajilla. No lloró tánto como antes, pero ahora sí vi en sus ojos el odio profundo que le inspiraba Eduardo. Mis dos chiquitos daban de gritos, llenos de miedo, metidos debajo de la mesa.
Aunque le dije que si volvía a golpearla no lo dejaría ya entrar a la casa, tuvo la desfachatez de decirme que ahora tenía más derecho que nunca, porque él nos mantenía.
Felizmente no estuvo más que tres o cuatro días, durante los cuales sintió el rechazo de sus hermanitos, porque le tenían pavor.
En estos días, me dijo que estaba muy a disgusto en la casa del señor Esteban, que todos lo trataban muy bien, pero que tanto la esposa como las hijas, eran gente muy sucia, tanto para su casa, como para sus personas y sobre todo, para la comida, por lo que él sentía mucho asco estando allí.
Lo que quería era que nos fuéramos a vivir a Querétaro, a lo que le dije que era imposible. Se fue hecho una furia.
Como el golpe en la cara de Lupita tardó en desaparecer, no se habló ya de ir a ver a Lucha.

Pese a todo, yo me sentía responsable de mi hijo. Hablé con Lupe y Gerardo de la bello que era Querétaro, de que si regresábamos allá, los llevaría a conocer todas las fuentes y jardines, que podría llevarlos de día de campo al cerro o ver alguna presa, que había muchos animales y sobre todo, una gran variedad de pájaros. Esto último fue lo que entusiasmó a Lupita, porque desde muy pequeña quiso que tuviéramos una jaulita con uno o dos pajaritos, a los que atendía y pretendía enseñarles a silbar, cosa que ella no sabía hacer.
Creo que yo quería tener un pretexto para irnos, porque en el fondo ya lo había decidido.
La condición que me puso fue que, antes de que nos fuéramos, la llevara a despedirse de Lucha.
Empecé a organizar la mudanza, pero dos o tres días después, me llegó una carta; iba dirigida a mí, pero la letra me era desconocida. Dudé en abrirla, pero al fin decidí salir de la incertidumbre.
Decía más o menos así:

“Señora Conchita, yo sé que usted fue engañada por Gerardo, como lo fui yo, pero en mi caso, mis hermanos lo obligaron a cumplir con el compromiso de casarse conmigo, por lo que soy su verdadera esposa. Tengo tres hijas que no tienen idea de cómo fue su padre, porque él murió hace cinco semanas, al caer del puente del barco que estaba descargando en su estado de siempre, perdido de borracho. Murió instantáneamente porque se pegó contra una roca.
Yo dudé mucho en escribirle, pero creo que tiene usted derecho a saber lo que sucedió.
Ni qué decirle que nos dejó en la miseria.
Adiós.
Josefina M. de Mondragón.”
 Así supe que era viuda, sin haber estado casada.
A partir de entonces vestí de luto para siempre, sin dejar de usar el chal como nos enseñara mi madre, aunque mis hermanas ya lo habían cambiado por el saco o el abrigo.
CONTINUARÁ…
MAESTRA LAURA MARTHA CHÁVEZ CARRIÓN.


jueves, 4 de agosto de 2011

CHARTS AGOSTO 2011

CHARTS AGO 2011

1*     INGLÉS   ENGLISH
PARTY ROCK ANTHEM
LMFAO FEATURING LAUREN BENNETT & GOONROCK
2    
LAST FRIDAY NIGHT (T.G.I.F.)
KATY PERRY
3    
SUPER BASS
NICKY MINAJ
4     
GIVE ME EVERYTHING
PITBULL FEATURING NE-YO, AFROJACK & NAYER
5    
HOW TO LOVE
LIL WAYNE
6  
ROLLING IN THE DEEP
ADELE
7    
LIGHTERS
BAD MEETS EVIL FEATURING BRUNO MARS
8    
TONIGHT, TONIGHT
HOT CHELLE RAE
9    
I WANNA GO
BRUITNEY SPEARS
8
10  
THE EDGE OF GLORY
LADY GAGA.